EARTHianas impactando sus comunidades

Archivado en: Historias EARTH
Fecha: 13 de marzo de 2017

Desde su fundación, la Universidad EARTH ha enfrentado desafíos para alcanzar la paridad de género en el cuerpo estudiantil. Por un lado, convencer a familias rurales de que sus hijas deberían ser libres de estudiar agricultura en un país extranjero, lejos de casa, puede ser un gran obstáculo. Otras razones incluyen limitaciones impuestas culturalmente, y las expectativas que se tienen sobre los roles de las familias rurales: históricamente, escasos recursos económicos que hacen que las niñas incluso no completen su educación primaria, mucho menos la secundaria, haciéndolas así, inelegibles para los estudios universitarios.

“En muchas regiones, la agronomía es vista como un trabajo para hombres”, señala el director de la oficina de Admisiones de la Universidad EARTH, Junior Acosta Peña. “Tenemos que realizar un trabajo constantes para cambiar esa percepción”. 

Estas barreras aún persisten pero, afortunadamente, su penetración ha disminuido poco a poco. Año tras año, el número de mujeres en el campus ha crecido hacia la paridad de género. De hecho, en el 2016  se recibió la primera promoción cuya mayoría era femenina por primera vez en 26 años de historia. Este año, la promoción entrante tiene un 48,7% de mujeres representadas.

“En EARTH entendemos el valor de la participación de la mujer en la Universidad y en la sociedad en general”, añade Acosta. “Fue y es una necesidad para nosotros ofrecer oportunidades equitativas para ellas. En este contexto, agradecemos a la Fundación MasterCard por todo su apoyo en este tema”. 

La Universidad EARTH tiene una manera única de mejorar la vida de las mujeres, quienes a cambio, ayudan a mejorar la vida de otros. En esta ocasión, te contamos cuatro historias de vida de cuatro mujeres; su esperanza de crear un mundo mejor se extiende más allá de ellas mismas, transformándose en medidas audaces.

Empezando el camino
La estudiante becada por la Fundación MasterCard, Esnath Divasoni (Promoción 2019, Zimbabue)

En segundo año, los estudiantes de EARTH deben pensar, aprobar e implementar un proyecto empresarial, lo que les da una experiencia real sobre los aspectos positivos y negativos de tener su propio negocio.

Para Esnath Divasoni, el aprendizaje es algo muy preciado. Después de que su padre perdiera su trabajo en 1999, los problemas financieros de su familia la dejaron al borde de la deserción. Afortunadamente, recibió una ayuda gracias a Camfed, quien la becó en su ciudad natal Wedza, en Zimbabue.

Camfed (Campaña por la Educación Femenina, por sus siglas en inglés) es una organización sin fines de lucro, que en 24 años de existencia ha contribuido con la educación de más de un millón 200 mil niñas de escasos recursos en África. Camfed pagó por la beca de Esnath por cinco años, sus uniformes, productos de higiene, libros y el apoyo de la red de graduados de la organización.

Tras un año de estudio, Esnath obtuvo su primera experiencia con la agricultura. Su padre recibió una parcela de seis hectáreas luego de la reforma de tierra en Zimbabue. Aprendió a cultivar maíz, tabaco y maní trabajando los fines de semana con su papá.
En los días entre semana, sin embargo, se dedicaba a caminar 12 km diarios, de ida y regreso, hacia la escuela, y estudiaba hasta oscurecer.

Después de graduarse de secundaria en el 2006, Esnath ansiaba asistir a la universidad. Camfed apoya a sus chicas aun cuando ya son mujeres, pero solo un pequeño número es becado para asistir a la universidad. Esnath no fue una de las seleccionadas.

Durante los siguientes 10 años, ella aplicó incansablemente a diferentes becas, tomó clases de contabilidad en una universidad técnica, y trabajó en diferentes lugares: desde empleada doméstica en Botswana, donde ganaba $50 al mes; hasta sembrar papas gracias a un micro préstamo de $500 de Kiva, una plataforma en línea de créditos.

Esnath en medio de sus tierras. (Fuente: Esnath Divasoni)

Esnath en medio de sus tierras. (Fuente: Esnath Divasoni)

A inicios del 2014, Esnath estaba pagando los intereses de su préstamo haciendo voluntariado en las oficinas de Camfed en Harare, capital de Zimbabue.
Una de sus tareas fue coordinar un viaje de seis semanas financiado por la Fundación MasterCard, en el que 15 mujeres de Zimbabue, Zambia y Tanzania aprendieron sobre las eco-estufas “patsari”, calentadores de agua y deshidratadores funcionales a base de energía solar. El destino: La Universidad EARTH.

Ella no estaba invitada a participar del viaje a Costa Rica en 2014, pero conoció extensamente sobre la Universidad y sin saberlo, de su propio futuro.

Menos de un año después, Esnath esperaba con ansias los resultados de su aplicación a la Universidad EARTH, la cual completó a último minuto. Después de rogar por la oportunidad de tener educación superior, se enteró que había sido admitida con una beca completa de la Fundación MasterCard. Ella a menudo bromea que la tardanza en encontrar una universidad fue la manera del destino de hacerla esperar por EARTH.

Aunque está en segundo año, Esnath ya planea su futura contribución a Zimbabue. Está decidida a construir una granja modelo y una planta procesadora de alimento para enseñarle a las mujeres a cultivar micro jardines, instalar invernaderos, cosechar agua en áreas donde llueve poco, producir biogás y conservar energía.

“En mi comunidad no hay panaderías ni producción”, menciona. “Quiero generar oportunidades de valor agregado para crear empleos y aumentar las habilidades de aquellas mujeres que no han tenido el chance de asistir a una universidad”. 

En este esfuerzo, espera unir energías con dos compañeras: Memory Jinga (Promoción 2019, Zimbabue) y Forget Shareka (Promoción 2019, Zimbabue), para abrir dicha granja en cada una de sus aldeas natales. Cada una de las chicas mencionadas tiene especialidades que complementan este trío, menciona Esnath. Ella se considera buena en cultivos y conservación, Memory en energías alternativas y Forget más en el área de crianza de animales y “convencer a la gente a cambiar su actitud”.

Esnath reconoce que llegar a este punto ha sido un recorrido laborioso.

“La comunidad de donde vengo cree que invertir en la educación de una chica es un desperdicio de dinero, porque al final siempre terminará casándose”, menciona Esnath, añadiendo que ella era una de las siete mujeres en su clase de último año, donde en total eran 40, y de esas, muchas ya estaban embarazadas.

Ella también recuerda las noches a finales de los 90s, antes de la intervención de Camfed, cuando ella y su familia pasaban hambre mientras ahorraban para comprar un uniforme para que ella pudiera asistir a la escuela.

En el 2009, conoció a Lameck, un voluntario en las oficinas de Camfed en Harare. Casi inmediatamente, comenzaron a salir y a unir los dineros de su estipendio para pagar por los cursos de contabilidad de Esnath.

Se casaron en 2010, cuando ella tenía 21 -“estaba muy muy vieja” para los estándares de su comunidad, añade- y dio a luz a su hijo, Adel, un año después, lo cual complicó su ilusión por una educación superior aún más.

Esnath abraza a su hijo y esposo en casa (Fuente: Esnath Divasoni)

Esnath abraza a su hijo y esposo en casa (Fuente: Esnath Divasoni)

“No estaba segura si mis suegros aceptarían mi deseo de continuar estudiando”, comenta Esnath. “En mi cultura, si te casas no puedes dejar tu familia por ninguna razón. Estaba asustada de decirles porque si decían que no, no iba a tener la posibilidad de irme”.

Esnath y Lameck conversaron con el hermano de su madre, un miembro respetado de la familia.

“Mi tío nos dijo que le preocupaba que fuera solo una ama de casa”, recordó. Gracias a esta aprobación, el resto de su familia la apoyó en su deseo de estudiar en Costa Rica.

“Sobreviví a un pueblo que me dijo que una chica no podía obtener educación. Soy una mujer casada, dejando mi país, para ir a la universidad y mantener a mi familia. Batí todos los pronósticos”, reflexiona Esnath.

Ella regresó a casa para visitar a su familia en diciembre de su primer año, en un viaje sorpresa gracias a la Fundación MasterCard. Llegó a casa durante la temporada de producción y observó con mayor detenimiento los problemas de los campesinos. Esnath está lista para colaborar e innovar en su país para erradicar estos problemas.

“Soy un producto del involucramiento de la comunidad”, dice. “Por lo tanto, estoy en deuda con ellos, así que buscaré impactarlos directamente con mi desarrollo”. 

En la recta final
La estudiante becada de la Fundación MasterCard, Johana Carmona (Promoción 2017, Colombia)

En su último año de carrera, los estudiantes de EARTH se preparan para regresar a sus hogares y poner en uso la educación que obtuvieron en servicio de sus comunidades e implementar sus agendas de cambio.

Johana Carmona creció en La Unión, un pequeño municipio agrícola situado a 60 km de Medellín. Es un lugar bastante agobiado por las décadas de violencia que han afectado a Colombia.

Mucha de esa violencia recientemente llegó a un fin oficial. El Premio Nobel de la Paz del año 2016 fue otorgado al presidente colombiano, Juan Manuel Santos, por la negociación y proceso de paz alcanzado con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) –el principal grupo guerrillero del país- durante su administración.

Muchos alabaron el desarme como un paso hacia la sanación del país; sin embargo, deja el futuro de muchos colombianos en un limbo, incluyendo a las mujeres rurales que abandonaron la guerrilla.

“Para una mujer, en este contexto social, existen pocas oportunidades; generalmente son labores de limpieza y cocina”, dice Johana. “Y si esa mujer es una ex guerrillera, hay muchas menos oportunidades porque las personas desconfían de ellas”. 

Johana posa con el plan de su proyecto, uno de los finalistas al Premio a la Sostenibilidad. (Fuente: Johana Carnona)

Johana posa con el plan de su proyecto, uno de los finalistas al Premio a la Sostenibilidad. (Fuente: Johana Carnona)

Para ayudar a combatir este prejuicio, Johana planea iniciar un programa piloto que enseñe a estas mujeres olvidadas habilidades agrícolas y de negocio, con la fe de que tendrá un impacto social muy grande.

“Mientras los prejuicios se reducen, estas mujeres necesitan tener la oportunidad de trabajar. Requieren espacios para demostrar de qué son capaces. Quiero que ellas cambien las armas por las herramientas de trabajo”, dice Johana, referenciando el acuerdo de entrega de armas de parte de la guerrilla a las Naciones Unidas.

Johana espera construir un plan basado en el estilo de “Agricultura Sostenida por la Comunidad” que entregue canastas con productos de alta calidad y con valor agregado -como panes, jamones, quesos y más-, a clientes cerca de su casa. Dichas canastas serán fabricadas por completo por las mujeres del post conflicto, asegurándoles un mercado para sus productos y una repartición justa de las ganancias que obtengan.

Actualmente, Johana está inscrita en el nuevo programa de Maestría en Innovación de la Universidad EARTH, el cual lleva junto con sus materias actuales de IV año. Al principio, se interesó por estudiar algo relacionado con agro negocios para ayudarle a su padre, quien ha luchado por pagar incapacitantes préstamos obtenidos luego de que se destruyeran sus cultivos y por políticas gubernamentales cuestionables.

Sus padres quieren convertir su finca de una hectárea en un destino para eco turistas. Johana cree que su educación en EARTH ayudará a que puedan construir su sueño y a cambio, permitirles contribuir a la transformación de esta región traumada en un lugar de paz y prosperidad.

“Cuando era más chiquita, algunos vecinos tuvieron que abandonar sus casas a la fuerza o por miedo. Muchos fueron asesinados por las FARC o por el grupo paramilitar opositor. Y sí, guardo un poco de resentimiento por todo lo que sucedió, pero solo quiero paz para mi gente. ¿Cuál es la solución sino esa? Y si queremos una sociedad pacífica, necesitamos integrar a los foráneos y a los marginados a nuestra comunidad”, cierra Johana.

Haciendo crecer la comunidad
La estudiante becada por la Fundación MasterCard, Sindy Ramos (Promoción 2016, Guatemala)

Al graduarse, los estudiantes de EARTH implementan los cambios para los que se han preparado tras cuatro años de estudio en la Universidad.

Sindy (centro) se graduó de EARTH en diciembre de 2016.

Sindy (centro) se graduó de EARTH en diciembre de 2016.

Sindy Ramos es un ejemplo entre los incontables graduados de EARTH que han tomado acción para ayudar a sus comunidades.

Mientras era estudiante, ella conoció un grupo de mujeres ecuatorianas que usan el tallo de la planta de banana (generalmente desechados) para hacer artesanías, y en el proceso les ayudó a salir de la pobreza extrema.

Durante su tercer año de estudio, Sindy recaudó $12.000 en fondos y servicios, a través de la Fundación MasterCard, diferentes unidades de la Universidad (como el Programa de Educación Permanente), y la Asociación Costa Rica Grameen, entre otros; con este dinero, costeó el viaje de tres de las artesanas ecuatorianas al campus de EARTH en Guácimo. En junio de 2015, el trío llegó a suelo tico por un total de cinco días y entrenaron 35 mujeres de áreas rurales de la provincia de Limón en el arte de producir y comercializar productos de fibra de banano, como bolsos, sombreros, brazaletes, billeteras y más.

Sindy estaba confiada de que este concepto iba a ser útil para las mujeres del área rural dedicada a la plantación de banano, porque su acceso es fácil y el recurso primario es un desecho, haciendo que el trabajo sea costeable incluso para poblaciones de escasos recursos.

Su prueba en Costa Rica fue tan exitosa que se animó a lanzar el proyecto en su país natal, Guatemala, específicamente en Tiquisate, un área rural de producción de banano.

El grupo de mujeres en Limón aprendiendo cómo procesar la fibra de banano. (Fuente: Laboratorio de la Sostenibilidad)

El grupo de mujeres en Limón aprendiendo cómo procesar la fibra de banano. (Fuente: Laboratorio de la Sostenibilidad)

“Muchos bananos significan muchas oportunidades para trabajar”, menciona. “En Tiquisate hay numerosas mujeres pobres y muchos bananos”. 

Para el taller en Guatemala, planea incluir a Maritza Pérez, una de las mujeres costarricenses capacitadas gracias a su proyecto de graduación. Desde que aprendió a realizar estas artesanías, Pérez ha estado vendiéndolas en un mercado de agricultores y además ha empezado a enseñar la técnica a otras personas.

“[Maritza] me comentó que ahora es una empresaria que no necesita caridad de otros para valerse por sí misma”, cuenta Sindy. “Ella tampoco es egoísta con respecto a su éxito. Usa su conocimiento para ayudar a otros a salir de su apretada situación económica, y se reúsa a cobrar a las mujeres de muy bajos recursos que quieren aprender de lo que ella hace”.

Más adelante, Sindy quiere formar una asociación de artesanos y una cooperativa que puedan ayudarles con el mercadeo y a hacer crecer la base de clientes. Además, está buscando nuevos compradores ahora que vende sus productos en Amazon.com, en su rama “handmade” (hecho a mano), que da apoyo a artesanos y pequeños productores. Su marca se llama Inkine’y (significa “banano” en el dialecto indígena K’iche’).

“Quiero expandir la red de apoyo para estas mujeres. Veo gran potencial en ellas. Muchas no tienen educación, acceso al desarrollo ni empleo, pero están ansiosas por aprender y trabajar. Les brindo un camino para emplearse a sí mismas”, concluye Sindy.

Sindy le enseña a algunas mujeres sobre el material que utilizarán (Fuente: Laboratorio de la Sostenibilidad)

Sindy le enseña a algunas mujeres sobre el material que utilizarán (Fuente: Laboratorio de la Sostenibilidad)

Ella planea utilizar sus futuras ganancias para proveer becas para educación a niñas y niños de bajo recurso económico que luchan día tras día, como lo hizo ella una vez. La madre de Sindy murió cuando tenía 13 años y su padre abandonó la familia dos años después. Sindy quedó a cargo del cuidado de su hermana más pequeña, trabajando en un puesto de servicio al cliente.

“Mi reto más grande en la vida fue convencer a otros a ayudarme”, dijo. Desde entonces ella ha estado recibiendo esa ayuda. Al final del 2016, ganó el Premio a la Sostenibilidad del Laboratorio a la Sostenibilidad, que le otorgó $10.000 en capital semilla para seguir financiando su proyecto.

Hoy, Sindy vive en Villa Nueva, cerca de Ciudad de Guatemala, mientras continúa organizando el lanzamiento de su iniciativa en Tiquisate. Su hermana menor, que vive con su novio, tiene un niño de seis meses, no se ha inscrito en ninguna universidad o programa técnico desde que se graduó de la secundaria. Sindy continúa animándola a estudiar y reconoce el impacto que EARTH ha tenido en ella.

De tal palo tal astilla
Ana Elsa Mancía Vides. Coordinadora del programa de tercer año, La Flor. 

Ana Elsa Mancía Vides comenzó a trabajar en EARTH en enero de 2014 como parte del Programa de Educación Permanente (PEP), la oficina que, junto con otros deberes, se encarga de supervisar la experiencia comunitaria en la Universidad.

Ana Elsa Mancía (segunda de izquierda a derecho), junto con las mujeres de La Lucha y Santa Rosa, pueblos cercanos al campus de Guácimo. (Fuente: Ana Elsa Mancía)

Ana Elsa Mancía (segunda de izquierda a derecho), junto con las mujeres de La Lucha y Santa Rosa, pueblos cercanos al campus de Guácimo. (Fuente: Ana Elsa Mancía)

Salvadoreña de nacimiento, Mancía dejó su país natal para vivir en Guatemala en los 80s y así escapar de la guerra civil y estudiar agronomía.

Entre 1990 y el 2013, Mancía trabajó intermitentemente en la asociación Vivamos Mejor, una organización privada, no gubernamental que promueve el desarrollo sostenible y autosustentable de las comunidades rurales de Guatemala. Fue voluntaria luego de graduarse de la universidad el año anterior. Las iniciativas que dirigió cambiaron periódicamente, pero una de las que más le impactó fue trabajar en el área suroeste de Guatemala, en el departamento de Sololá, con tres grupos indígenas: los Kaqchikel, los Tz’utujil y los K’iche’.

“Siempre he sentido una conexión con las comunidades rurales y el trabajo social”, menciona Mancía, recordando cómo se involucró con Vivamos Mejor. “Esta nueva ONG tenía una expectativa por trabajar con las poblaciones rurales y ayudarles, y esto me permitió conectarme con la agricultura con un serio compromiso social”. 

Mancía fue golpeada por la realidad de la Guatemala rural: niñas asistiendo a la escuela hasta el tercer grado antes de desertar para que trabajen en casa.

“Es una de las injusticias más grandes que existen actualmente”, dice.

Como resultado, la mayoría de mujeres en el área rural no saben leer ni escribir su propio dialecto, y tampoco hablan español, una diferencia inmensa comparada con los hombres, quienes tienen una mejor educación. Las mujeres hablan sus dialectos nativos, complicando el trabajo de Mancía, quien es hispanohablante. En ese momento, era madre soltera criando a su hija en una “comunidad desolada”, a menudo sin agua potable, celular ni electricidad.

Entre sus muchos roles en la ONG, Ana Elsa entrenó a estas mujeres en diferentes destrezas, incluyendo mejorar la autoestima, el liderazgo, silvicultura, producción de café orgánico, empoderamiento femenino, emprendedurismo, cosecha de plantas nativas, creación de salchichas para sembrar y planeamiento familiar.

Mancía con las mujeres indígenas de Ixtahuacán (Fuente: Ana Elsa Mancía)

Mancía con las mujeres indígenas de Ixtahuacán (Fuente: Ana Elsa Mancía)

Estas experiencias la prepararon para la transición a su responsabilidad actual, liderando experiencia de trabajo comunitario de los estudiantes de tercer año en los alrededores del campus La Flor, en la provincia de Guanacaste Costa Rica. Es un rol que le ayuda a generar cambios positivos en la zona rural de Guanacaste al unir productores, empresas, organizaciones sin fines de lucro y agricultores locales con los estudiantes, que residen durante seis semanas allí.

Los estudiantes desarrollan y manejan tres proyectos socio-sostenibles, los lunes y martes se dedican a trabajar en algún agro negocio, los miércoles reciben clases y los jueves y viernes realizan trabajo comunal, mientras que las noches y fines de semana se hospedan con una familia local. Estos proyectos supervisados por los profesores exponen a los estudiantes a aprender sobre diferentes áreas, estilos de vida y cultivos que contrastan con los del trópico húmedo en Guácimo.

Los estudiantes desarrollan y manejan tres proyectos socio-sostenibles, los lunes y martes se dedican a trabajar en algún agro negocio, los miércoles reciben clases y los jueves y viernes realizan trabajo comunal, mientras que las noches y fines de semana se hospedan con una familia local. Estos proyectos supervisados por los profesores exponen a los estudiantes a aprender sobre diferentes áreas, estilos de vida y cultivos que contrastan con los del trópico húmedo en Guácimo.

“Noventa y cinco por ciento de nuestros anfitriones son mujeres: viudas, pensionadas, madres solteras”, añade Mancía, agregando que ellas también se benefician de la contribución de los estudiantes, como instalación de biodigestores, mejoras en la crianza de animales, huertas familiares diversificadas, mejor manejo de residuos y más.

Los cambios positivos se pueden dar con mayor agilidad en la Guanacaste rural que en Guatemala, dado que la mayoría de costarricenses saben leer y escribir.

Recordando su experiencia, Mancía reconoce el efecto que tiene en los demás el apoyar a las mujeres, con cambios positivos impactando las comunidades.

Su hija. Issa Secaira (Promoción 2014, Guatemala) creció para convertirse en una graduada de EARTH, inspirada por las experiencias que vivió con su madre en Guatemala. La carrera de Issa, llevando una campaña de Vivamos Mejor que apunta al mejoramiento de la seguridad alimentaria para las mujeres rurales, emana un efecto multiplicador en cuando al cambio liderado por mujeres.

“Noventa y cinco por ciento de nuestros anfitriones son mujeres: viudas, pensionadas, madres solteras”, añade Mancía, agregando que ellas también se benefician de la contribución de los estudiantes, como instalación de biodigestores, mejoras en la crianza de animales, huertas familiares diversificadas, mejor manejo de residuos y más.

Mancía abraza a su hija, Issa, en la ceremonia de graduación de 2014. (Fuente: Ana Elsa Mancía).

Mancía abraza a su hija, Issa, en la ceremonia de graduación de 2014. (Fuente: Ana Elsa Mancía).

Los cambios positivos se pueden dar con mayor agilidad en la Guanacaste rural que en Guatemala, dado que la mayoría de costarricenses saben leer y escribir.

Recordando su experiencia, Mancía reconoce el efecto que tiene en los demás el apoyar a las mujeres, con cambios positivos impactando las comunidades.

Su hija. Issa Secaira (Promoción 2014, Guatemala) creció para convertirse en una graduada de EARTH, inspirada por las experiencias que vivió con su madre en Guatemala. La carrera de Issa, llevando una campaña de Vivamos Mejor que apunta al mejoramiento de la seguridad alimentaria para las mujeres rurales, emana un efecto multiplicador en cuando al cambio liderado por mujeres.